Durante casi cinco mil años, Khassid prosperó bajo la guía de los dioses. Surgieron civilizaciones, los mortales aspiraron a la grandeza y lo divino moldeó el mundo mediante su influencia.
Con el tiempo, aquel equilibrio comenzó a quebrarse.
La ambición mortal creció sin freno, las divisiones se ensancharon y la influencia de la tiranía, la traición y la codicia se extendió por Khassid. Los dioses se replegaron sobre sí mismos, consumidos por sus propias rivalidades, mientras aquellos a quienes se había confiado la guía de la creación se hicieron cómplices por acción o negligencia.
Las guerras se propagaron. Las alianzas fracasaron. Los océanos rugieron, las montañas cayeron y las tormentas surcaron los cielos mientras la tensión que soportaba el mundo se intensificaba. La Naturaleza, la esencia viva que fluye por cada bosque, río y ser viviente a través de mundos y planos sin fin, sintió cada acto de destrucción infligido a Khassid.
Khassid se encontraba al borde del colapso.



