Ah, reuníos, viajeros, y prestadme atención, que os cuente de un pueblo sencillo y sincero.El Cruce de Taron, donde la niebla velaba la tierra, nada más que una parada donde la gente calma se detiene.
Ningún reino lo reclamaba, ninguna bandera ondeaba, ninguna canción se había cantado de sus campos ni su piedra.Solo hogares encendidos al anochecer y el mugir del ganado— un lugar sin nota alguna de la mano divina.
En aquel humilde cruce, donde los ríos suaves se curvan, llegó Tavok el Cruel, enviado por un dios oscuro.Con sombra y llama y una voluntad que no era la suya, vino por un niño para reclamarlo como trono.
Los aldeanos titubearon, su valor desgastado, pues Tavok trajo la ruina y la llamó victoria.Ningún muro los protegía, ningún ejército acudía— solo miedo en las calles y la amenaza sobre todos.
Mas tres se alzaron a responder donde otros se retiraron, no atados por su cuna, sino por lo que sabían cierto.Un monje, veloz como el silencio, de pasos ligeros como el aire, un sacerdote enano firme en la fe y en la oración.
Y por último se alzó un guerrero de linaje serpentino, un yuan-ti cuyas hojas cortaban tan limpias como el designio.Se movía por la oscuridad donde las sombras se afianzaban, inquebrantable ante los susurros, invicto, sin doblegarse.
Juntos resistieron donde el pueblo habría de caer, tres de pie solos donde debieron estar todos.El acero se encontró con la sombra, y la llama respondió a la llama, y ninguno de los presentes lo dejaría igual.
Tavok avanzó, su risa desnuda, pues había visto el valor ceder ante la desesperación.El monje giró como el viento, el sacerdote se plantó como piedra— mas fue la serpiente quien lo enfrentó a solas.
La hoja resonó contra la oscuridad, y la oscuridad respondió, cada paso una negativa a ceder o quebrarse.El choque no fue largo, ni la piedad fue su final— pues ninguno flaquearía, y ninguno se doblegaría.
Entonces el acero halló su blanco donde la sombra era más fina, un golpe limpio y final, un instante tan breve.Tavok cayó en silencio—su voluntad deshecha— mas la herida que él devolvió no era una de la cual escapar.
El guerrero de linaje serpentino no volvió a levantarse.Cayó donde estaba, y el campo conoció su nombre.
Y en ese instante quieto, donde la batalla había cesado, donde el aliento llegaba entrecortado y el silencio crecía, el niño dio un paso adelante—no tomado, no reclamado— sino algo indecible ahora nombrado dentro de él.
Ninguna voz llenó el cielo, ningún trueno respondió, ningún heraldo del cielo se alzó allí a su lado.Y sin embargo, quienes lo vieron jamás negarían— que algo había cambiado que ninguna muerte podía desafiar.
El aire pareció escuchar, el mundo pareció inclinarse, como si el tiempo mismo se detuviera a presenciar el final.O quizá no el final—pues nadie podía coincidir en lo que había sido… o en lo que sería.
El monje inclinó la cabeza. El sacerdote no habló.Pues la fuerza tiene sus límites—mas la verdad no busca.Y allí, en ese lugar, donde ningún poder era conocido— el niño se irguió como algo que ya no estaba solo.
Así que alzad vuestras copas cuando el fuego arda brillante, por aquellos que se mantienen firmes cuando no tienen causa para luchar.Pues no toda leyenda se forja por mandato— algunas nacen de la simple decisión de mantenerse en pie.
Y recordad el Cruce de Taron, donde la niebla vela la tierra, donde tres sostuvieron la línea y un niño hizo su parada.Donde uno golpeó la oscuridad y pagó con su aliento— y uno cruzó más allá tanto de la vida como de la muerte.
