«Quédate donde estás.
No los mueves. No te los llevas. No pasas de mí.
Inténtalo.
Cada paso que fuerzas, lo recupero. Cada golpe que asestas, lo respondo.
Ya he enterrado suficiente. Si insistes en pasar, la próxima tumba que cave será la tuya.
Da media vuelta, o descubre que continuar es un costo que no puedes permitirte.»
Para quienes juran el Juramento del Yunque de Almas, la protección no es un ideal. Es una responsabilidad moldeada por la pérdida.
Los Barazûn no preservan la vida porque sea virtuosa en abstracto. La preservan porque saben lo que significa perder todo lo que no pudo protegerse. Su filosofía no se construye solo sobre la esperanza, sino sobre la memoria: de un mundo que terminó, de vidas que no pudieron salvarse, y del costo de no sostener la línea.
Un paladín del Yunque de Almas no busca superar en maniobra al enemigo. No mide el éxito por la velocidad ni por el primer golpe decisivo. Controla los términos del combate al negarse a ceder terreno, negarse a permitir que se lleven a sus aliados y negarse a dejar el daño sin respuesta.
Donde otros intentan prevenir el daño, el Yunque de Almas lo absorbe, lo contiene y lo devuelve con consecuencia.